LA BESTIA JUDICIAL
Fernando O´Phelan P.
Llegó el dÃa, estuve como paralizado, como si todos los inconvenientes, como si todas las tristezas se apoderaran de mÃ. No trato de justificar mi silencio, quizás le prometà tontamente al Presidente de la Corte Suprema del Perú que me quedarÃa callado para dejarlo trabajar. Son como las tres de la mañana y me acaban de avisar aquà en Estambul que Luis Paulino Mora ha muerto, mi alma se entristeció, la tradición de mis amigos muertos me golpeaba de nuevo. Yo aquà en el cheersmidtown -donde los musulmanes no me dejan poner música para calmar mi llanto-igualito pienso en el tren del Cuzco a las cinco de la mañana y esos agentes de seguridad del Estado cuidando que no habláramos de más. Recordé estar frente a la tumba de la madre de Francisco Távara, de ver a Javier Villa Stein prepararse un sandwich en mi cocina, por mi mente aparecÃan todas las fotos como en Picasa web albums, una a una desde Chicago y el embargo en Lima, mis salidas desde el centro de Lima hasta el Bohemia de San Isidro para tomarme mis dos bloodymarys, hasta la cara de César San Martin en RPP furioso porque me entrevistaron antes que a él.
Es como un sueño, con lágrimas y humor. El pobre Hugo Sivina perdido en el espacio de las cumbres judiciales iberoamericanas que nunca entendió, Francisco Távara que de tanto querer neutralizarme terminó siendo un amigo que respeto sin duda alguna, y Javier Villa Stein que lejos de la forma como me engañó para ayudarlo a convertirse en Presidente de la Corte Suprema y su torpe manera de querer vengarse de Távara y sus sueños locos de polÃtico frustrado, todo eso se enredaba con los nuevos jueces y juezas de Lima Norte, de Callao, de JunÃn, de Tacna, de Piura, todos aquellos que he conocido desde que eran simples secretarios y relatores y hoy son casi todos jueces o vocales superiores, la mitad decentes, la mitad corruptos, la cuarta parte lucidos más allá del derecho, los otros setentaicinco por ciento aburridos como un libro jurÃdico de la calle Azángaro con pasta verde militar pálido.
Un Poder judicial peruano básicamente serrano, que nadie se atreve a llamarlo asà porque quizás se infringe alguna resolución municipal de Miraflores. Pero es asÃ, con historias provincianas de éxito y de esfuerzo rural inimaginable. He escuchado tantas historias de jueces de paz y de supremos que niegan hoy el esfuerzo de sus padres que solo puedo intuir que de ese lado también los psicólogos pueden ayudar a entender porque después de los cincuenta años los jueces corruptos sienten vergüenza de cobrar adelante de sus hijos.
Dejé de llorar y aparecà en Derinkuyu, ese pueblito turco cerca a Siria, llegué como a las once de la mañana luego de dos horas de viaje con cinco grados bajo cero y el corazón listo a mirar esa ciudad debajo de la tierra que habitaron los hititas de hace cinco mil años, diez pisos con aire y luz a punta de pura piedra, mil mitos para Derinkuyu, pero al entrar era todo como un laberinto de corredores con escaleras pequeñas donde vivÃa gente que hablaba otro lenguaje y con técnicas que los de afuera no entendÃan, igualito que nuestros juzgados peruanos, igualito que nuestros corredores con palabras jurÃdicamente huachafas y camisas sudadas por el sol y el menú que la señora reparte para cobrar los viernes.
Y es que, asà me vaya a Dubai o a Rio Negro y me lleve el Ipad con su parlante inalámbrico, igualito estaré nostálgico y depresivo por no haber podido hacer mucho por la justicia en estos últimos veinte años. Salvo Ariana, la única Linn Hammergren a quien hago caso, todo se reduce a la posibilidad radical de pasar al siguiente nivel. He hablado tanto con Enrique Mendoza, no con el Presidente de la Corte Suprema sino con Enrique Javier el amigo. Hoy lo veo copado, coactado y timorato, se acerca los cien dÃas de su mandato y el nombre del juez que verá el caso del regreso de los comerciantes de La Parada en Lima es más conocido que el suyo.
Pero ahora que entro pronto a la adolescencia de mi vejez y mi experiencia del second chance hace que confÃe no en el rehén Mendoza, sino en el norteño Javier que sabe todo lo que ha tenido que pasar para lograrse, y por lo tanto nadie, ni los ayayeros, ni lo buitres de traje caro de Ripley, deben convencerlo de marionetizar su gestión.
Hace unos dÃas vi boquiabierto que unos técnicos de la Gerencia General y unos jóvenes asesores hallaron un producto de la alquimia judicial: la data procesada como indicadores judiciales. Es como el antÃdoto frente al skynet de robots con trajes baratos que son todos aquellos que ayudan a que la justicia formal sea abominable. Ruego que la creatividad se imponga, que Duberli RodrÃguez y Elvia Barrios dejen de lado su mudez, que no caigan ni en manos de César San Martin ni de Javier Villa Stein, que sepan que asà nomás como la joven Janet Tello y el joven Javier Arévalo son una táctica de recuperar el poder para los buenos, no puede esperar más, no puede esperar tratar de dominar a la bestia.