Monday, July 9, 2012

[RED DEMOCRATICA] 238: Ebriedades

 





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"Premio a Mejor Medio Virtual 2011"

 

DIRECTOR: GONZALO MÁRQUEZ CRISTO. EDITORES: AMPARO OSORIO, IVÁN BELTRÁN CASTILLO. COMITÉ EDITORIAL: Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo Fajardo, Mauricio Contreras. CONFABULADORES: Óscar Collazos, Jotamario Arbeláez, Maldoror, Fabio Martínez, José Chalarca, Rafael Ortega Lleras, Marcos Fabián Herrera, Chócolo, Olga Sanmartín, Freddy González, Gustavo Tatis Guerra, Sergio Trujillo Béjar, Argemiro Menco Mendoza, Guillermo Bustamante Zamudio, Hernando Guerra Tovar, Gabriel Arturo Castro, Profesor Martínez Guerrero. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Hermes Vargas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Nájar, Eduardo García Aguilar (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros (Costa Rica).

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Con-Fabulación con el asunto "retiro"

 

Ebriedades de Gonzalo Fragui

 

 

Del homenaje a la embriaguez y a los más famosos ebrios cuya fama fue conseguida durante décadas de disciplina etílica, publicamos aquí cinco de los textos compilados en Ebriedades por el poeta venezolano Gonzalo Fragui –editorial El Perro y la Rana–, para el divertimento de todos los confabulados.

 

 

OMAR KHAYYÁM

 

Decía Omar Khayyám:

 

—Voy por el camino con mi botella y mi sombra. Afortunadamente mi sombra no bebe.

 

 

APOLLINAIRE

 

Preguntaron a Apollinaire:

 

—¿Qué hora es?

 

Y él respondió:

 

—Es hora de emborracharse.

 

 

 

HUMPREY BOGART

 

Un día le preguntaron a Humprey Bogart por la nacionalidad, y él respondió:

 

—Alcohólico.

 

Y qué opinaba de este mundo. Dijo:

 

—El mundo tiene tres copas de atraso y hay que ponerse al día.

 

 

CÉSAR DÁVILA ANDRADE

 

El gran poeta ecuatoriano César Dávila Andrade vivió durante un tiempo en Mérida, invitado por ese otro gran escritor ecuatoriano, Alfonso Cuesta y Cuesta. Luego Dávila Andrade se residenció definitivamente en Caracas, donde murió. Sus versos reflejan un gran dolor, el de sus hermanos indígenas.

Dávila Andrade bebía seis meses y pasaba seis meses abstemio. Abstemio totalmente. Ni un vinito. Sin embargo, sus amigos poetas lo recuerdan fundamentalmente por los seis meses de trago.

En una oportunidad le publicaron un poemario en Caracas y unos traviesos editores, que conocían la afición del poeta por el trago, le cambiaron un verso que afectó profundamente al poeta. Un poema suyo empieza diciendo:

 

«Ahora sé que me dieron esta alma en medio de una batalla»

 

Y los malvados editores le pusieron:

 

«Ahora sé que me dieron esta alma en medio de una botella».

 

 

JUAN RULFO

 

I

 

Como sabemos, Juan Rulfo escribió poco. A los 35 años publicó su primer libro, El llano en llamas, y a los 37 el último, Pedro Páramo. Sin embargo su fama aumentaba con cada libro que no publicaba. Un día le preguntaron por qué había escrito El llano en llamas, su magnífico libro de cuentos, y él, humilde, dijo:

 

—Para soltar la mano nomás.

 

II

 

El poeta chileno Volodia Teitelboim consultó al humorista Carlos Monsiváis cuál era, a su juicio, el efecto más notorio de la obra de Rulfo en la literatura mexicana. Monsiváis no dudó en responder:

 

—Legalizó la tristeza.

 

III

 

Preguntaron un día a Elena Poniatowska el porqué de la tristeza de Rulfo. Elena explicó:

—Es que Rulfo era huérfano tres veces. Huérfano de padre, huérfano de madre, y huérfano de gobierno, como casi todos los mexicanos.

 

IV

 

Conversaban en un café varios profesores y uno de ellos dijo filosófico:

—El sol nos alumbra a todos por igual.

Rulfo, que los estaba escuchando, interrumpió su silencio para opinar:

—Menos en la sombra, dijo.

 

V

 

Cuenta Bryce Echenique que una noche daba una fiesta en su casa de París. Uno de los invitados era el escritor mexicano Juan Rulfo. Por su timidez, Rulfo siempre quería pasar inadvertido pero no podía. Para colmo de males una funcionaria se le pegó esa noche como un chicle. Rulfo no sabía qué hacer para quitársela de encima. Consultó entonces  a Bryce.

— A la próxima pregunta respóndale con una pesadez- fue la recomendación de Bryce.

Así hizo.

La señora se le acercó de nuevo y con cara de culta preguntó al maestro que si ya se había leído El Capital, de Carlos Marx. Y ahí fue cuando llegó la oportunidad esperada por Rulfo.

—No, pero vi la película, fue la respuesta del escritor.

 

Gonzalo Fragui nació en Mucutuy, Mérida, Venezuela, 1960. Es poeta, narrador, periodista y editor. Licenciado en Comunicación Social. Magister en Filosofía, y Candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Co-fundador del grupo literario y del fondo editorial Mucuglifo. Ha publicado los poemarios: De otras advertencias, El poeta que escribía en menguante, De poetas y otras emergencias, La hora de Job, Viaje a Penélope, Dos minutos y medio y Obra poética (1989-2004), donde se recoge toda su poesía publicada. Igualmente ha publicado el libro de crónicas de humor político El humor en los tiempos del cólera y los libros de anécdotas y relatos breves Poeterías (2007), Ebriedades (2008) y El escorpión de Cera (2009). Tiene inédito el poemario Epistolabio, el libro de anécdotas Los poetas en el bar del mediodía, y el libro de crónicas Cronicario. Actualmente es Jefe de Redacción de la Revista Cultural Comarca.

 

El más bello río que pasa por mi aldea

Por Carlos Fajardo Fajardo*

La presente columna de Fajardo sobre la bella Lisboa, aquella ciudad donde los escritores asisten al rito de beber con la estatua de Pessoa, complementa este dionisiaco número de Con-Fabulación.

 

Entré a Lisboa bajo una lluvia matutina de principios de marzo. Caminé despacio saboreando su aire melancólico, viendo las calles tan amadas por Fernando Pessoa y desde las colinas detallé sus coloridas casas, la ciudad cercada por el Tajo silencioso. Entré a esos barrios que llenan de maravilla el espacio, de edificios decorados con cerámica en altos ventanales. Bajé hasta el Chiado, cargué también la estatua de Pessoa con todos sus heterónimos como la cargó en su tiempo el poeta Eugenio Montejo, pesada como un yunque, ceremoniosa como un tótem.

"No, no quiero nada. Ya dije que no quiero nada… No se prendan del brazo, no me gusta que se prendan del brazo. Quiero estar solo", murmuraba por estas Ruas Fernando Pessoa, aferrado a sí mismo, paseando su tristeza, abstraído en la desesperación del siglo.

Me lo imaginé caminando hacia las tabaquerías, viendo al fondo el Tajo luminoso, descubriendo la espantosa realidad de las cosas y recitando su monólogo de solitario: "¡No me vengan con conclusiones! La única conclusión es morir. No me traigan estéticas. ¡No me hablen de moral! ¡No me muestren sistemas completos, ni me enumeren conquistas de las ciencias (¡De las ciencias, Dios mío, de las ciencias!), de las ciencias, de las artes, de la civilización moderna!...".

Lo vi en sueños ir por el Barrio Alto, embutido en su gabán y con pasos lentos esfumarse por la Rua Garret de esta Lisboa tan vieja como el mundo. Desde esos lugares que vigilan la ciudad, lo vi encaminarse al restaurante Martinho da Arcada donde se embriagó, comió, escribió y alivió su total desasosiego. Desde allí muchas tardes observó el Tajo junto a su copa de vino sintiendo una cálida tristeza.

Cómo no tomar una cerveza Sagres en cualquiera de las cafeterías de barrio, meditando sobre esa imagen del poeta de Lisboa, diciéndome: "Si te quieres matar ¿por qué no te matas? ¡Ah, aprovecha la ocasión!".

Entonces seguí mi camino. Casas de estilo neoclásico, neomanuelino salían a mi encuentro. El fabuloso Alfama se erguía con sus callejuelas medievales, sus empinados laberintos, señoras fisgoneando en la puerta de casa, el barbero y el bar de la esquina divisando el río. Toda una aldea en las colinas de Lisboa, una ciudad más secreta y popular con sus fados y saudades de inquietante desgarramiento, y en la noche las conversaciones furtivas de los viejos.

Sí, viví aquella Lisboa plena y rebosante de poesía, leyenda y de milagros. Vagué por la Rua Garret, por la de Carmo, La Rua Augusta, calles atestadas de inmigrantes y turistas  Pasé por el Caixo, fui hasta Belén y me detuve ante su blanca y exuberante torre rodeada de ese río lleno de fados y nostalgias.

En la tarde de un invierno moribundo, viví una Lisboa envuelta en la luminosidad de sus sombras; viajé en sus insólitos tranvías a través de la tímida niebla, dejando tras de sí un bello misterio, rieles abandonados en altas colinas. Allí me entretuve pensando un poco en los barrios de mi infancia, en todos aquellos que danzan con furia bajo mi tierra de sol. De pronto entendí la dimensión de esta ciudad en la que había vivido Pessoa lleno de lucidez, soledad y recogimiento.

Entré y morí en Lisboa. Desde entonces va siempre conmigo. Quizá me esté esperando para beber una copa de Oporto en cualquiera de sus esquinas, leyendo en secreto poemas que nadie escuchará y recitando: ¡Oh cielo azul -el mismo de mi infancia- eterna verdad, vacía y perfecta! Oh, suave Tajo, ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja".

Entré a Lisboa lo sé, pero aún sigo buscándola.

 

*Poeta y ensayista colombiano

      

El desfiladero

Sintomatología del desastre

Por Hernando Guerra Tovar*

 

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la fila de los notables venidos a menos en las tareas del ocultamiento y la disociación, y la fila para pagar los impuestos, hecho rotundo de diligencia estatal a la indigencia. Un desfiladero es la eterna hilera de autos en atasco, y la del banco, larga como la voracidad de los banqueros, que envilecen toda forma y contenido del ser. Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la procesión de semana santa, y la serie de beatos y de Santos que pululan acatando tentaciones, promulgando milagros. La marcha interminable de hombres y mujeres por las calles de este país perplejo en el que nos matamos los unos a los otros, hecho probado  de lucha contra la oligarquía corrupta, donde algunos protestamos, otros duermen o derrochan, los menos atesoran y los demás pescan en río revuelto, anuncia un desfiladero: la fila de los invidentes que sufragan por los candidatos y los partidos de turno, es decir de siempre, y la de los que naufragan en las consecuentes aguas putrefactas de la traición politiquera.

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la hilera de acceso a los estadios y la guerra entre fanáticos por una camiseta, un gol más o un gol menos, y la fila de los infieles a Dios en las iglesias, ávidos del cuerpo, de la sangre y de la cruz, como si la historia de la nación no fuese un reguero de sangre, de cuerpos y de cruces. Un desfiladero es la formación de los ejércitos regulares e irregulares para la guerra fratricida y los desfiles en las fiestas patrias ostentosos de muerte, y la hilera de tugurios en las noches, con sus luces como grandes pesebres...

Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Es la fila de los desconcertados padres de la patria en los medios de comunicación después de la traición a la patria, y la hilera interminable de desplazados de la tierra, despojados, amenazados, masacrados, ignorados por ese mismo legislador que legisla en beneficio propio porque compró el voto. La cadena de sucesos que definen al hombre de la modernidad colombiana es un desfiladero, conjunto de actos de barbarie, de canibalismo, de magnicidios; probados todos en la fe financiera, en el vasallaje, el coloniaje, el imperialismo, el ultraje, las buenas costumbres, el decoro, el protocolo, el maridaje, el andamiaje, la mentira, la trampa, la usura, la mesura, la desmesura, la mensura, el rasgarse las vestiduras, el maquillaje, el pillaje, la comisión de conciliación, o sea la maldición, la diplomacia, es decir la hipocresía, la presidencia, es decir la diplomacia. Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona. Un desfiladero, señores, es todo lo denunciado aquí y algo más: es lo que predice el verso iluminado de Martí o de Cardoza, de Vallejo o de Hernández, de Neruda o de Vidales o…, un paso estrecho entre montañas, una fila india, una bella india de nuestro continente otrora ultrajado, ahora oprimido, por el Imperio y el Estado sometido en el nombre de Dios y de todos los Santos. Un desfiladero es una línea delgada, delgadísima, un precipicio; un desfiladero es la privatización de la banca, de la educación, de la salud y de la justicia, de la injusticia contra la justicia; un desfiladero es esa reforma que legitima la corrupción, que legisla en pro de la criminalidad, que le abre las puertas de la cárcel a los atracadores del Estado y le llena la panza ya repleta al sector financiero.

Un desfiladero, señores, es todo esto, aquello y algo más. Es latencia, es asechanza. Es lo que le resta por suceder a la nación, si el constituyente primario no aprende, de una vez por todas a elegir. La justicia, aun herida de muerte, prevalece, pero el corrupto, aun desenmascarado, también prevalece, bajo nuestra extraña complicidad.  Un desfiladero no es pasarela, ni tiene que ver con silicona.

*Poeta colombiano

 

CARTAS DE LOS LECTORES

 

NO MÁS JUANES. No sólo debemos padecer su música comercial en todas partes, como si estuviéramos pagando una venganza de los dioses, sino que ahora, cuando sintonizamos Discovery Chanel, nos toca padecer su desteñida voz narrando programas, verdadero espantajo de la locución, que hace pensar que el cantante paisa sufre un estancamiento hepático, y para completar los noticieros hablan de que muy pronto aparecerá su autobiografía, pues al fastidioso engendro mediático le dio ahora por escribir. La decadencia de estos tiempos no tiene límite. Alirio Vargas

* * *

LA POLÉMICA DEL REALISMO SUCIO. He seguido con entusiasmo las cartas de los lectores de Con-Fabulación sobre la peste de "realismo sucio" que afecta la literatura colombiana. ¿Yo me pregunto si así como la mafia de Al Capone en Estados Unidos produjo esa extraordinaria literatura, será que las actividades funestas de los carteles en nuestro país han penetrado nuestra escritura, y eso obliga a los escritores a transitar, tarde como siempre, por ese camino, donde las crueles y ligeras historias ya comienzan a aburrir, como lo hizo el sangriento cine de salsa de tomate? Manuela Rincón, Cali.

* * *

LOS JUEGOS CONFABULADOS. Espero que se les ocurra pronto otro de sus juegos que despiertan tanta admiración en los seguidores de confabulación y que hacen precisamente que su periódico contenga un sello único y distinto a los anacrónicos medios de comunicación. Estaré muy pendiente. Juan Jairo Cabrales, filósofo

* * *

LIBERTAD DE PRENSA. La verdad es que es admirable cómo ustedes manejan su semanario virtual y no le temen a ningún tema, ya sea de la a veces amañada oficialidad cultural o de la nefasta política, o de la espinosa justicia (injusticia) que tiene sumido a este país. Esa postura es la que los convierte en verdaderos líderes de la libertad de prensa. Manuel Fernando Rey.

* * *

TODOS LOS NUMEROS. A propósito de la columna del maestro Armando Villegas sobre la libre circulación de las obras de arte, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo, ¿por qué el TLC no ha contemplado este tema tan importante? Rosario Martínez Gómez

 

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