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DIRECTOR: GONZALO MÁRQUEZ CRISTO. EDITORES: AMPARO OSORIO, IVÁN BELTRÁN CASTILLO. COMITÉ EDITORIAL: Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo Fajardo, Mauricio Contreras. CONFABULADORES: Óscar Collazos, Jotamario Arbeláez, Maldoror, Fabio Martínez, José Chalarca, Rafael Ortega Lleras, Marcos Fabián Herrera, Chócolo, Olga Sanmartín, Freddy González, Gustavo Tatis Guerra, Sergio Trujillo Béjar, Argemiro Menco Mendoza, Guillermo Bustamante Zamudio, Hernando Guerra Tovar, Gabriel Arturo Castro, Profesor Martínez Guerrero. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Hermes Vargas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Nájar, Eduardo García Aguilar (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros (Costa Rica).
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Con-Fabulación con el asunto "retiro"
El Monstruo Cardinal
Entrevista con José Luis Cuevas
Por Gonzalo Márquez Cristo
Con la colaboración especial de Amparo Osorio
Hacía calor en la Ciudad de México. Eran las dos y media de la tarde y el encuentro se había pactado para las cuatro. Sin tiempo para almorzar debíamos desplazarnos desde el Zócalo hasta la Colonia San Ángel postergando sin esperanza la mágica sopa de flor de calabazas indefinidamente. Aunque lo sensato era ir en Metro tomaríamos un taxi para ultimar detalles del reportaje con comodidad, sabiendo que por ser viernes sería caótico el largo recorrido.
Frente al hotel Majestic esperamos durante quince infructuosos minutos, hasta que finalmente un pintoresco conductor accedió a llevarnos por el precio reglamentario. "Tenemos prisa", dijimos con ímpetu, "la cita es a las 4". "Estamos lejos y probablemente nunca lleguemos", respondió secamente aquel hombre que parecía una escultura tolteca, y aunque sus palabras nos preocuparon ya no teníamos alternativa.
El tráfico era demencial. Por el camino repasábamos la vida de Cuevas, evocábamos la fuerza de sus dibujos, sus grandes escándalos, su relación con la literatura y sus más difundidas controversias. "¿Tienen cita con el pintor?", preguntó el hombre sin cuello, después de escucharnos con atención durante varias cuadras. Asentimos. Reparamos en su aspecto, en su bigote descuidado, en sus ojos redondos que nos espiaban por el retrovisor. Luego comentó: "Conozco las mejores rutas para ir allí, pero esta ciudad parece endemoniada".
El auto salía de un embotellamiento para entrar en otro, sabíamos que Cuevas tenía una cita posterior a la nuestra con el poeta catalán Ramón Xirau (afincado en México desde hacía siete décadas), y nuestro plan era conversar el mayor tiempo posible.
"¿Por qué entrevistan a ese hombre, si aquí hay numerosos artistas de mayor calidad?", intervino nuevamente el conductor. Comenzamos a exasperarnos. Nos fastidió su intromisión que obstaculizaba la preparación del cuestionario y escindía el trance que siempre buscábamos durante los minutos previos al encuentro con nuestros grandes personajes periodísticos.
"Nos parece uno de los colosos de la plástica, por eso", respondimos al fin con un matiz pendenciero.
"Lo único colosal que él tiene es su personalidad y la Giganta que hay en su museo del centro. Aunque en verdad esa escultura le quedó muy bien", respondió el tipo categórico.
Sonreímos. "Usted dice que hay mejores artistas aquí, ¿a quiénes se refiere?", interrogamos entonces apaciblemente.
"Conozco por lo menos a cincuenta artistas que trabajan la madera y que podrían hacer más bonitas estatuas que él, y tal vez otros cien que realizan objetos de cerámica... Cuevas cree que todos somos monstruos o locos; aunque ahora que lo pienso podría tener razón".
"Una risa,
Como un aullido
Desde el fondo del tiempo
Desde el fondo del niño
Cada día
José Luis dibuja nuestra herida".
Había escrito, como tributo al pintor, Octavio Paz en su poema "Totalidad y fragmento". El entrometido tolteca hablaba en tono irónico sin moderación pero para nuestra suerte nos acababa de regalar el comienzo del reportaje. La austeridad verbal había sido demolida y unas cuadras más adelante ya comenzábamos a interrogarlo sobre arte mexicano, sobre el agave azul y las Chivas de Guadalajara, y él opinaba con arrogancia enriqueciendo nuestro cuestionario. Y de repente replicó con tono vehemente: "José Luis se cree el mejor, ¿pero dónde quedan los mayas, o el Diego y la Frida?"
Continuamos nuestro desvarío y minutos después, cuando la conversación comenzaba a entrar en zonas privadas, pasamos cerca a Coyoacán y nos detuvimos para proveernos de un mítico tequila. El chofer brindó con nosotros. Nos estábamos aproximando. Miramos el reloj con angustia. La plática siguió animada y poco antes de las concertadas cuatro de la tarde giramos a la derecha y entramos a la colonia San Ángel. Allí decía en una placa metálica: "Paseo Cuevas" y en la mitad de la avenida vimos con regocijo su famosa escultura los "Siameses".
"Llegaremos a tiempo" afirmó entonces el taxista mientras nos íbamos acercando a la casa de Cuevas, preguntando en cada esquina por la dirección, para evitar cualquier extravío en ese momento crucial.
Minutos después, cuando ingresamos a la calle Fresnos, le gritó al celador de una de las mansiones de ese barrio adoquinado: "Amigo, ¿cuál es la casa de José Luis?". El hombre sonrió por la irreverencia y nos hizo una señal con la mano. Pagamos atropelladamente y nos dirigimos a la puerta mientras él taxista esperaba atento. Entonces lo escuchamos decir: "Si sale a abrir le voy a pedir un autógrafo, de no ser así por favor digan que los trajo su más grande admirador".
"Así lo haremos", replicamos riendo, pero como nos abrió uno de sus asistentes el hombre frustrado partió dando un pito de despedida. Nos hicieron seguir a la sala de espera; a nuestras espaldas teníamos un enorme dibujo de Cuevas, a la derecha una biblioteca y unas fotografías con pintores y escritores. Al frente una ventana radiante y otra de sus obras. La entrevista sería literalmente a contraluz.
Muy pronto su esposa Beatriz apareció en ropa deportiva y nos ofreció café. Hablamos del poeta Marco Antonio Campos y de varios amigos comunes hasta que escuchamos los precisos pasos de Cuevas acercándose. El artista nos saludó con entusiasmo y al enterarse de que éramos colombianos empezó a contar anécdotas de Alejando Obregón y de Leonel Góngora.
—Yo quiero más a Colombia que a México, ese país es mi patria afectiva. Supe que murió Negret y también Rayo, es una lamentable ausencia. De ambos tengo bellas obras en mi museo y especialmente recuerdos inolvidables…
—Negret falleció a los 92; creímos que nunca moriría, en una entrevista lo comparamos con Nosferatu, no solo por su evidente semejanza, sino por su longevidad indeclinable... Omar concibió un hermoso epitafio que acompaña sus cenizas: "Aquí cayó un Rayo".
—Omar fue siempre principesco, irónico y lúcido. Yo una vez expuse en su museo de Roldanillo... Están muriendo todos mis amigos. Una semana antes de fallecer Carlos Fuentes vino a visitarme, lo noté muy triste, lo cual me extrañó... Su actitud me pareció premonitoria. Nos habíamos distanciado en una época, cuando él estuvo de embajador en Francia. Años después lo llamé para felicitarlo por algún premio y le dije: "Estoy peleado con el embajador, no con el escritor", y así recobramos nuestra amistad hasta el final. Hay mucha poesía en los primeros libros de Fuentes.
El febril preludio duró cuarenta minutos y Beatriz del Carmen, advirtiendo la comunicación que se instauraba, decidió asistir sola a la reunión con Xirau diciendo que más tarde enviaría al conductor por su esposo; pero antes nos mostró la maqueta de la escultura que acabábamos de ver en la avenida y enfatizó que se llamaba Los Siameses, aludiendo a Cuevas y a ella. La miramos buscando el parecido con esa cabeza de bronce. Ella rio. Luego nos condujo por la planta baja de su maravillosa casa llevándonos a un gran ambiente donde un salvaje perro de Tamayo ladraba a la luna.
De regreso a la primera sala nos acomodamos y esgrimimos nuestro cuestionario intensamente estudiado con el taxista y ubicamos en la mesa el celular en su función de grabación.
Cuevas nació en la Ciudad de México en 1934 y desde los cinco años dibuja sin cesar. Antes de cumplir los diez inició estudios como asistente de arte en la escuela La Esmeralda y a los catorce realizó su primera exposición en el Seminario Axiológico.
—Mi abuelo administraba una fábrica papelera que se llamaba "Lápiz del águila", situada en el Callejón El Triunfo, rodeada de seres marginales. Allí adquirí la obsesión por el dibujo, lo cual resulta un poco obvio, pues manchaba todo papel que encontraba a mi paso. En ese lugar viví sólo hasta los siete años, pero lo único que he hecho durante los otros setenta, es lograr que la metáfora de mi abuelo sea legítima, y que mi lápiz sea conducido por un ave de presa.
—Probablemente ya lo logró… Siguiendo con su ascendencia, su padre fue boxeador y piloto, ¿es cierto que cuando llegaba a la casa en vez de golpear o timbrar disparaba?
—Era un ser rudo que todavía me agrada imitar. La Revolución Mexicana estaba en el aire. Cuando escribí mi biografía Gato macho recordé en numerosas ocasiones su vida tempestuosa.
—Su obsesión por los autorretratos es reconocida, pintó el primero a sus diez años… En ese ejercicio, que es más un diálogo con las fauces del tiempo, que un tributo a la vanidad de un artista, ¿ya superó el número de Egon Schiele?
—Puedo decir que hace mucho rebasé la cifra del austríaco. Pero en verdad mis retratos no privilegian mi presunción, pues como todos saben me pinto con frecuencia como un monstruo, como un enfermo o un mutilado. Todos los días hago un autorretrato frente al espejo para soltar la mano. Desde niño he pintado sin tregua mi rostro. Fui muy precoz, y a una edad temprana gané el Premio Nacional de Dibujo Infantil. Hoy me defino como autodidacta y creo que todo artista debe serlo aunque haya tenido la desgracia de pasar por la universidad, que casi siempre restringe su arte.
—Usted se toma una fotografía todos los días y posee una colección inmensa. Ha hecho exposiciones con miles de ellas donde el espectador puede advertir que estamos expuestos a la inexorable entropía…
—Poseo más de doce mil fotografías personales y tal vez lo que pretendo con ello es rendirle un homenaje al implacable dios del tiempo, o apaciguarlo al menos...
—Es evidente que no le teme al devenir pues su intención es testimoniar el paso de los días, pero sí a los escarceos de la muerte. ¿Podría hablarnos de su hipocondría?
—Les voy a contar algo curioso: me hice fumador gracias a mi cardiólogo. Una vez mientras esperaba angustiado los resultados de un examen médico, este consumado especialista, quien como lo imaginarán murió de una enfermedad coronaria, me dijo: "¿No quiere un cigarro?" Lo miré con estupor, pero al notar su bizarría acepté su ofrecimiento, y todavía hoy a mis 78 años fumo, aunque con moderación.
Entonces se dispuso casi ritualmente a encender un cigarrillo, le dio dos pitadas y miró su lumbre con placer.
—Además de la pintura, cultiva desde muy temprano, su pasión literaria. Ha escrito ensayos, columnas periodísticas detonantes, una autobiografía polémica…
—Es cierto. De niño vivía muy cerca a una calle de prostitutas. Cuando acompañaba a mi madre yo las veía maquilladas, con ropas muy vistosas y ligeras, liberando su atracción felina. Un día acopiando coraje la interrogué: "¿Mamá, quiénes son?" Ella me respondió: "Son putas y no preguntes más". Entonces me quedé con la duda. Llegué a la casa y busqué ese libro que contenía todas las palabras del mundo (el diccionario), y rápidamente busqué el vocablo proscrito; la definición era ramera. Entonces ansiosamente busqué ramera, la explicación era hetaira. Busqué hetaira, la respuesta era cortesana. Seguí mi búsqueda y la definición era meretriz, indagué por ésta y la analogía era prostituta, y así me quedé girando sin obtener respuesta satisfactoria. Me asombraba que una palabra pudiera tener tantos sinónimos… Luego supe que eso se debía a la moral castradora que siempre ha impulsado el cristianismo con relación a todo lo sexual. Entonces, y para precisar la respuesta, puedo asegurar que mi pasión por la literatura me viene de las putas.
—Sabemos que ha realizado carátulas de numerosos libros…
—Yo ilustré un Pedro Páramo de Rulfo; él era un escritor tímido, un ser estupendo. Ilustré a Kafka, quien ha sido un autor muy afín a mi búsqueda. Al Divino Marqués de Sade pues estuve en el asilo de Charenton en Francia y como producto de esa visita urdí mi exposición Cuevas Charenton. También ejecuté todas las portadas de los libros de Carlos Fuentes para El círculo de Lectores de España.
—El sexo ha sido determinante en su obra y en su vida…
—Yo vivía en el barrio Donceles a mis catorce años y estudiaba Artes. Ahora pienso que había algo de ironía pues debía vivir en el barrio "Doncellas", pero ese territorio imaginario me tocó encontrarlo en mi volcánica juventud. Recuerdo que un día de mi adolescencia mientras dibujaba, llegado el momento del descanso, la modelo no se puso la bata, que es lo usual después de posar media hora, y continuó "encuerada", ¿se entiende esa palabra en Colombia…?
—No importa, si alguien no entiende, como en su anécdota del diccionario, que se convierta en escritor…
Cuevas riendo apagó su cigarrillo y dijo:
—Eso es lo que me preocupa porque ya hay bastantes… Decía que la modelo permaneció desnuda y se acercó a espiar lo que yo estaba pintando, e inmediatamente me cuestionó: "¿Así me ves de fea?". Le respondí por reflejo: "Es que soy expresionista. ¿Por qué no te pones la bata, te puedes resfriar?". Entonces contestó: "Es que te voy a enseñar algunas cosas". A lo que yo ingenuamente respondí: "¿Acaso también pintas?" Ella riéndose me dijo: "No tonto, algo más importante, a hacer el amor". Era el año 1948, hice varios retratos de mi sabia modelo; y ya han pasado varias décadas pero creo que resulté buen discípulo.
—Siguiendo con su precocidad: a sus veinte años expuso exitosamente en la Unión Panamericana en Washington con críticas muy favorables de la prensa… ¿Fue en esa época que dibujó a Ezra Pound?
—Es un acontecimiento que siempre me ha deslumbrado. Me pareció extraño que se vendiera toda la muestra allí cuando mis cuadros eran de locos, prostitutas y cadáveres… Muchos de ellos realizados en hospitales y en el manicomio de la antigua Castañeda, en México. En cuanto a Ezra Pound, le hice un retrato en su celda de hierro negro en el hospital mental de Saint Elizabeth (Washington), una tarde muy calurosa de verano, pocos años después de su terrible paso por la jaula de dos metros cuadrados, en la que se le encarceló en Italia al ser condenado por traición, debido a su programa radial donde apoyó a Mussolini. Mientras hacía mi retrato le pregunté al poeta norteamericano si tenía calor, es raro pero fue lo único que pude preguntarle, y él me respondió: "Siempre tengo frío". Me despedí con una sensación extraña en la garganta.
—En 1955, a sus veintiún años, exhibió en la Galería Loeb de París…
—En esa obligatoria ciudad ocurrió una de las sorpresas más hermosas de mi carrera artística. Un día el propietario de la galería que mencionan me pidió que lo visitara con urgencia. Al llegar vi que dos de mis cuadros tenían una tarjeta que decía Pablo Picasso: el nombre del comprador. Asombrado pedí detalles y Edouard me mostró el libro de visitas donde el genio había escrito: "José Luis, me dicen que eres un joven precoz, yo también lo fui y creo que tienes un gran futuro en el arte…" Intenté forzar al galerista para que me regalara la hoja, pues en verdad era mía, yo era el destinatario, era un mensaje de mi propiedad... Él se negó rotundamente y años después viendo una lista de Sotheby´s vi que ese texto lo habían rematado por una cifra cuantiosa con otros autógrafos de Picasso. Todavía me enojo al recordarlo.
—¿Cómo conoció a Chagal?
—En París hice algunos grabados en un famoso taller donde mis compañeros eran Chagall y Sabuki. El primero puso a su disposición sus sofisticadas puntas de acero. El segundo mezclaba saliva con ácido como si fuese un dragón de Comodo para obtener ciertos efectos, y yo al notar que su experiencia era interesante un día le pregunté al artista japonés: ¿Maestro, me regala su saliva? Petición que fue aceptada entre risas.
—¿Cómo fue su vínculo enigmático con Warhol?
—Siempre se me ha acusado de vanidad, pero lo que me interesa explicar aquí es que por esos caminos secretos, inexplicables del arte, yo tuve que ver en forma misteriosa con la consagración de Andy Warhol; explicaré brevemente. El judío Eugene Feldman, director de una editorial para la cual yo ilustré un libro de Kafka en Filadelfia, me hizo numerosas fotos y un día de 1957 amplió una de ellas múltiples veces y comenzó a colorearlas, y las desplegó por todo su taller. Warhol, quien lo visitaba con frecuencia y era un simple diseñador de zapatos, llegó un día y observó las fotografías con mucha atención y lo vimos partir en silencio. Años después durante una exposición en Nueva York, cené con mi amigo editor y por supuesto comentamos sobre el enorme éxito del dios del Pop Art, y para ambos fue irrefutable que su idea de Marilyn, donde aparecían imágenes de la bella actriz reproducidas en serigrafía, había surgido esa tarde en Filadelfia.
—Usted ha dicho que en el éxito de Botero también aparece su luz tutelar...
—Botero es un artista del jet-set, él no quería pintar una obra maestra sino tener un yate y es admirable que lo haya conseguido. Recuerdo que un día llegó a la habitación de mi hotel en Nueva York asombrado por el éxito de un pintor efímero llamado Bernard Bufett, quien hacía seres escuálidos, muy delgados. Yo le dije: "Fernando, si lo que quieres es ser millonario pinta gordos". Él contuvo la respiración, luego saqueó mi botella de tinta china manchando torpemente mi cama y lo demás ya lo sabe todo el planeta.
—En 1958 escribió su manifiesto contra el muralismo mexicano en el periódico Novedades...
—Durante mis inicios el mundo del arte en México era bastante restringido. Si no eras mexicanista tenías cerradas todas las puertas. Entonces escribí una columna muy polémica llamada: "Cortina de nopal", contra los grandes muralistas. Esto lo complementé con caricaturas de Rivera, Siqueiros y Orozco con el propósito de ridiculizarlos. En ese tiempo respetaba mucho la obra de Orozco, pero hoy creo que excluyendo los grabados de Guadalajara que son espléndidos, no era tan bueno, y pienso que sus cuadros de caballete, con algunas excepciones, son mediocres. Es bueno aclarar que ese manifiesto fue muy escandaloso y me ocasionó un veto bastante prolongado, que sólo fue roto a mis 74 años cuando al fin pude exponer en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad. Allí colgaron al fin una retrospectiva de 258 obras, y aunque estaba emocionado porque la crítica decía que se me había hecho justicia, creo que el hecho de ser un artista excluido va mucho más con mi temperamento.
—¿Por esa época, a su regreso a México, surgió el grupo Nueva Presencia?
—En realidad fue un colectivo abierto, sin dogmatismos, al que pertenecía Arnold Belkin, Francisco Icaza, Rafael Coronel y el excelente dibujante colombiano Leonel Góngora. Propendíamos por el regreso de la pintura al caballete pues estábamos hastiados del muralismo.
—También en esa cruzada de los sesenta estaban Alberto Gironella, Pancho Corzas, Manuel Felguérez y Pedro Coronel.
—Sí, coincidíamos en búsquedas opuestas a lo establecido y para varios de nosotros el dibujo era una religión.
—¿Por entonces comenzaba el llamado fridismo?
—La pasión por Frida Kahlo es un disparate. Todo empezó con la biografía escrita por una gringa seguida por un alud mediático, y ahora para el público normal ella parece más importante que Rivera, cuando en verdad Diego fue un artista más significativo. Al visitar los museos del mundo uno encuentra libros de Frida en tantos idiomas, que puede comprender ese enorme impacto comercial. Yo por mi parte creo que el mejor cuadro de Frida es un Rivera. Explicaré. Su obra titulada "Las dos Fridas" que todos hemos visto, realizada en 1939, donde una arteria une los dos corazones, no pudo haber sido pintada por Frida pues casi todos sus cuadros son de pequeño formato (basta revisar su iconografía), debido a sus limitaciones físicas: a que pintaba en la cama. Y esta excelente pieza mide 1,7 x 1,7 metros, y cuando uno conoce los espacios reducidos de su casa advierte que ese cuadro probablemente fue pintado por Diego. A mí ya me detestan las feministas y los adalides de la cultura oficial por lo cual no me atemoriza atizar una nueva polémica desde Con-Fabulación. Por otra parte Remedios Varo me parece una artista más motivante.
—Marta Traba escribió un libro en 1965 titulado Los cuatro monstruos cardinales donde lo sitúa al lado de Bacon, De Kooning y Dubuffet, representantes de una neofiguración, que trabajaba sistemáticamente al ser humano vulnerado…
—La brillante crítica argentina alentó mucho mi obra, varias veces dijo que era un dibujante incomparable y en ese libro me hizo sin duda un reconocimiento inmerecido. Ponerme a mí en ese momento de mi juventud al lado de esos tres admirables monstruos cardinales… Aún no salgo de la perplejidad.
—¿Conoció a Francis Bacon?
—Estuve en el asqueroso estudio de Bacon en Tánger, en Marruecos. Aunque ya se conocía su gloria no era tan inaccesible como lo fue posteriormente. Cuando lo saludé me dijo: "México es un país maravilloso". Le respondí: "Claro, la obra de Henry Moore surge de nuestro Chac Mool, de Chichén Itzá, de esa maravillosa escultura que usaban nuestros ancestros para sus sacrificios". Pero Bacon me interrumpió en forma cortante: "No me refiero a eso tan pueril, me han dicho que en su país abunda la homosexualidad, lo demás son consideraciones estéticas sin importancia". No lo olvidaré. Había lienzos en el piso, estuve a punto de estropear un cuadro al salir y por poco meto el pie en uno de sus botes de pintura.
—Usted fue pionero en México de muchas manifestaciones controversiales de la contemporaneidad, pero al mismo tiempo es un crítico feroz del Arte Conceptual…
—Realicé el "Mural efímero" en 1967 en la Zona Rosa de la Ciudad de México, una obra hecha para durar tan solo un mes, como protesta contra los artistas que piensan que sus creaciones merecen la eternidad. Era una propuesta filosófica necesaria. El evento fue registrado por todos los medios y puede incluso verse actualmente por Internet. Luego, en el tercer aniversario de mi museo, dupliqué la Gigante de ocho metros de altura y ocho toneladas de peso que recibe a los visitantes; la hice como escultura inflable y del mismo color de la original de bronce; recuerdo que durante la ceremonia inaugural la gente miraba fascinada esa clonación artística. En esa ocasión se me ocurrió también hacer una serpiente con fotos donde aparecía realizando diversas actividades, y la extendí con el fin de que recorriera todas las salas del museo; en aquellos retratos se me veía incluso representando escenas eróticas con algunas modelos, imágenes que fueron rápidamente sustraídas por la gente. Cuando hacía un happening o una instalación, el público se apropiaba de aquellas ideas, que tenían un sentido, una fuerza estética o política. No había facilismo ni obviedad. Hoy puedo asegurar que el llamado Arte Conceptual es una estafa.
—Usted una vez afirmó que la creación artística, en su esencia, debe reñir con el poder, ¿todavía cree eso?
—El artista testimonia su paso por la Tierra y eso a veces se convierte en denuncia. Yo protesté contra la Guerra del Vietnam en forma beligerante y creo que eso tenía sentido, pero lo que hacen las nuevas generaciones, constituidas por seres engreídos y egoístas, es otra cosa. Para ellos yo soy simplemente un pintor "moderno" (es decir arcaico), mientras que los integrantes de estas vanguardias inhumanas son artistas "contemporáneos". ¿Y qué entienden ellos por eso? Esencialmente que ser contemporáneo es no reconocer el pasado y su objetivo es realizar obras estúpidamente fáciles, que sean entendidas por todo el mundo, y que logren escandalizar a las señoras. O simplemente que diviertan a los vacíos adolescentes, lo cual es una desgracia.
Eran las siete y media de la tarde, habíamos conversado durante más de tres horas, y entonces presenciamos la aparición del conductor enviado por su esposa Beatriz. Entendimos el signo radical. Intercambiamos algunos catálogos de sus últimas exposiciones por nuestros libros y después de los mutuos autógrafos nos aprestamos para despedirnos.
Caminamos por callecitas sombrías de San Ángel hasta llegar al Paseo y posteriormente a la escultura Los Siameses; ya comenzaba el crepúsculo. Sentimos la urgencia de un tequila e intentábamos sin suerte parar un taxi, hasta que después de algunos minutos uno se detuvo. Nos subimos. Hablábamos con hilaridad y reconstruíamos fragmentos de la entrevista. Cuadras más adelante, detenidos por un semáforo en rojo, el conductor se volteó para mirar los libros del artista que hojeábamos sin cesar.
—¿Vienen de la casa de Cuevas? —preguntó.
(México D.F., octubre 26 de 2012)
Confabulador invitado: Bertolt Brecht
Aquí, uno de los más notables poemas de Brecht, en la excelente versión del escritor colombiano Eduardo Gómez, quien ha estudiado durante décadas su extraordinaria obra.
A LAS GENERACIONES FUTURAS
I.
En verdad, vivo en tiempos sombríos.
La palabra ingenua es insensata. Una frente lisa
indica insensibilidad. El que ríe
no ha recibido aún la terrible noticia.
¿Qué tiempos son estos
en los que una conversación sobre árboles es casi un delito
porque incluye un callar sobre tantos crímenes?
¿El que va allí tranquilo por la calle
no es ya accesible para sus amigos
que están en la miseria?
Es cierto: yo gano todavía el sustento.
Pero creedme, es solamente una casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a saciarme.
Fortuitamente me he preservado
(cuando cese mi suerte estaré perdido).
Se me dice: ¡Come y bebe! ¡Está contento porque tienes!
Pero ¿cómo puedo comer y beber
cuando arrebato a los hambrientos lo que como
y mi vaso de agua falta a un sediento?
Y sin embargo, como y bebo.
Me gustaría también ser sabio.
Los viejos libros dicen qué es ser sabio:
mantenerse fuera de las luchas del mundo
y nuestro breve tiempo prodigarlo sin miedo.
Pasarse sin violencia,
pagar el mal con el bien
no realizar sus deseos y olvidarlos
es tenido por sabio.
No puedo hacer todo eso:
en verdad, ¡vivo en tiempos sombríos!
II.
Llegué a las ciudades en los años del desorden
cuando reinaba el hambre.
Estuve entre los hombres en tiempos de revuelta
y me indigné con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido sobre la Tierra.
Tomé mi alimento entre las batallas.
Para dormir yací entre los asesinos.
Viví el amor con negligencia
y vi la Naturaleza sin paciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido sobre la Tierra.
En mis tiempos, las calles conducían al pantano.
El lenguaje denunciaba al carnicero.
Yo podía muy poco pero creo que los poderosos
se sintieron más seguros sin mí.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido sobre la Tierra.
Las fuerzas fueron mínimas.
La meta esperaba en la lejanía.
Ella fue claramente visible aunque también para mí
apenas alcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido sobre la Tierra.
III.
Vosotros, los que emergéis de la marea
en la que nosotros nos hundimos
pensad
(cuando habléis de nuestras debilidades)
en los sombríos tiempos a los cuales escapasteis.
Nosotros deambulamos
(a menudo cambiando más de país que de zapatos)
a través de las guerras de clase
desesperados
cuando no había sino injusticia y ninguna protesta.
Desde entonces sabemos con certeza:
también el odio contra la bajeza
desfigura los rasgos.
También la cólera contra la injusticia
enronquece la voz. Ay, nosotros
que quisimos preparar el campo para la amistad
no pudimos ser amistosos.
Pero vosotros, cuando hayáis llegado tan lejos
que el hombre sea una ayuda para los hombres
pensad en nosotros con indulgencia.
La semana del diablo de Julio César Goyes
La película sobre el entredicho de Puente Nacional, Santander, 1948.
Por Jesús María Stapper*
Del director cinematográfico: De verás hace cine Julio César Goyes Narváez (Ipiales-Nariño). Cine de hondo contenido y bajo presupuesto. Solamente en los tráiler-s uno le cree. Recurre al lenguaje coloquial, siguiendo el epígrafe que se lee al inicio de los créditos después de la animación del quinde o colibrí: "La sabiduría popular se oculta y resurge con las generaciones y los sueños". La forma de decir es articulada para un "presunto desorden social-comunitario" donde los hechos se agrupan pero en las películas los resuelve. Los símbolos y los significados nos abruman de manera positiva. No en vano es su docencia y su "instinto" de investigador del Instituto de Estudios en Comunicación (IECO) de la Universidad Nacional de Colombia. Allí dirige el programa Quinde Audiovisuales. Sus planteamientos tienen una vocación particular porque las escenas de lo cotidiano (hechas al natural y sin sobre-posturas) van de largo como si fueran historias "raudas" que no tienen "paraderos", ni "choques", no obstante, el auriga y su coche cineasta aparecen en plena conducción. Morada al sur (2000), El pacto (2003). Carros alegóricos (2009), La semana del diablo -película de nuestra referencia- (2011) y Viaje a la claridad (2012) -homenaje al escritor Fernando Soto Aparicio-, son el muestrario válido que habla de las "enraizadas tramas" de este director de cine colombiano que rueda sus relatos en técnica y formato de video con lenguaje cinematográfico. Experimenta una estética personal. La tecnología globaliza la cultura local y ajusta metodologías con experiencias innovadoras en ciencias sociales y humanas. La metodología que aplica baja los presupuestos y permite la experimentación visual.
La cinematografía de Goyes Narváez intertextualiza con el cine italiano de los hermanos Vittorio y Paolo Taviani, que conoce bien, pues estos recorrieron su país buscando historias populares para contar. Igual lo hace con las propuestas de Tarkovski y Angelopoulos, exploradores de la historia y la identidad de sus respectivas culturas. Frente al cine latinoamericano fraterniza con el estilo poético, intimista, documental y dramático de Leonardo Favio, con la etnografía de Martha Rodríguez, con la coherencia de identidad de Jorge Sanjinés, entre otros.
Semana del diablo…Película de falsos positivos: Hoy cuando está en boga aquello de los falsos positivos, la película "Semana del Diablo, el entredicho de Puente Nacional" narra la historia de dos sacerdotes falsos (bien-falsos), pero a final de cuentas, termina el espectador por creer que son tan nobles y tan verosímiles que son "sacerdotes positivos" aunque excelentes y casi-casi no viles estafadores. Uno acepta que se lleven lo que robaron como si fuera un premio -merecido-. La historia, basada en hechos reales, transcurre en Puente Nacional, Santander, en la Semana Santa de 1948, a tan sólo unos días del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá. Dos curas llegan el 22 de marzo y confiesan a miles de católicos, se enteran de los secretos de las familias y la comunidad, celebran la misa en altrio y abandonan el pueblo llevándose las limosnas y los regalos que pueblerinos y campesinos llevaban a la casa cural como expiación de sus pecados. Los dos curas abanonan el pueblo el sábado santo, dejando a los fieles sin domingo de resurrección. A la postre resultan apócrifos. Igual la confusa-confusión quizás sucedió también en otro pueblo (u otros pueblos como en Gualanday –Tolima-, y el Aracuara) en donde nosotros ¡somos así! Es la impresión básica de una película con la que me encontré de pronto. Y por distintos conductos, esencialmente a partir de las escenas y la fotografía, me transportó a "las esferas" del surrealismo sin que esto implique en la película un propósito. Tiene realismos de distinta índole aunque alejada por completo del retrato. Aparece lo estético presentado con visibles percepciones. Aparece lo moral en-sotana-do de amoral. Tal vez el humor tiene un hálito desaprensivo y un lunar de cruel picardía para una inocente comunidad de tanta fe parroquiana.
Son recurrentes en el cine las historias donde los protagonistas son sacerdotes. Podemos atisbar algunas películas. La caracola y el clérigo (1928) de Germaine Dulac con guión de Antonin Artaud. Dos curas terribles de Robert Bresson y Jacques Tati. Dos misioneros rebeldes con la actuación de Terence Hill y Bud Spencer. No somos ángeles protagonizada por Robert de Niro y Sean Penn. En el recorrido de "Semana del Diablo" recordé escenas italianas de algunas películas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. La película tiene imágenes criollas y tiene argumento criollo de factible fantasía. Vi desde un estadio onírico una habitación como si fuera un trazado somero de Luis Buñuel. Son los sacerdotes en una alcoba haciendo confesiones colectivas y enterándose de los chismes del pueblo. La película regala sátiras y termina por limar asperezas reales y ficticias. Carcome nuestros sentidos por las divagaciones vividas entre la comedia y la realidad. El drama se afinca a punta de drama que no espanta ni hace llorar, ya lo verán.
Si usted es un espectador de Semana del Diablo, una película hecha al natural, sin duda, sus ojos lectores de cine lo 'en-rutarán' por otras sendas, tal vez, muy distintas a las que el filme me enseñó desde lo espiritual, desde el asombro, desde la malicia y desde la ingenuidad comunitaria. En las realizaciones audiovisuales trabaja el Director con actores naturales que surgen de las regiones. Empodera las historias y los cuerpos y los gestos de una Colombia variopinta y diversa. De tal manera, me pregunto ahora, ¿cómo hace Julio César Goyes Narváez para instarnos a esculcar los vericuetos que con tanta propiedad en sus investigaciones logra para regalárnoslos en sus películas de particular gesta?
De la producción y realización: "Semana del Diablo, el entredicho de Puente Nacional" es una producción de la Universidad Nacional de Colombia, IECO, Quinde Audiovisuales, en coproducción con la Alcaldía de Puente Nacional, Santander. Guión basado en una historia real ocurrida en Puente Nacional, Santander, en 1948: de Ricardo Pérez y Julio César Goyes, con la colaboración de Juan Gonzalo Ruiz y la asesoría histórica de Mario Aguilera Peña. Dirección: Julio César Goyes Narváez. 70 min. 2011.
*Escritor, artista plástico, periodista de Cáchira, Norte de Santander
CARTAS DE LOS LECTORES
MIS ÚLTIMOS DÍAS CON CHAVELA. Quiero felicitarlos y por su conducto a la periodista mexicana María Cortina, por la hermosa crónica a propósito de sus "Últimos días con Chavela". He recibido este artículo también por otros conductos y quisiera que me digan la verdadera fuente para un trabajo de la Universidad. María Helena Jaramillo. Estudiante de periodismo.
R/. La crónica fue enviada por María Cortina exclusivamente para Con-Fabulación. Quienes la han estado difundiendo han debido citar la fuente.
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A DARIO RUÍZ. Mi saludo especial al poeta por sus sentidos y maravillosos poemas. Y como admirador que soy de su escritura espero con ansiedad la publicación de ese libro inédito. Julián Jiménez Estrada Estudiante de literatura.
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DESPISTADOS. Muy esclarecedora y conmovedora la crónica de Zayrho De San Vicente sobre Catalino "Tito" Curet, pues gran parte de los amantes de la Salsa desconocíamos que él era el verdadero compositor de clásicos del género, que muchos atribuimos a Lavoe, Colón, Feliciano y Rivera. Una vez más se comprueba el gran espíritu musical de Puerto Rico, no solo con sus maravillosos intérpretes, sino con esa genial factura de sus compositores. Ernesto Gámez Conde Bernal
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AH, NUESTRA COLOMBIA DESMEMBRADA. ¿Cuándo será que se inicia un juicio de responsabilidades por las fatalidades que siempre le ocurren al país y que no tienen ninguna otra explicación que la irresponsable burocracia de nuestros mandatarios? ¿Qué hicieron, o mejor, que dejaron de hacer y de leer en los litigios de nuestras fronteras? Ya perdimos Panamá por culpa de Marroquín (dicen que por estar escribiendo La Perrilla). Ah, nuestra Colombia, si nos llegaran a quitar "Los Monjes", por lo menos ya tenemos cardenal en Roma. Carlos Mario Sánchez
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CON-FABULACIÓN EN EL EXILIO. Gracias a su extraordinario periódico todavía vivo en Berlín, de otra forma ya estaría en mi Barranquilla. No se imaginan cómo es de importante Con-Fabulación para los colombianos que vivimos por fuera del país. ¡Nunca desfallezcan! Alirio Jiménez.
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INTELIGENCIA VIAL. No podemos entender cómo el gobierno financia una costosa campaña televisiva tan inútil, o mejor tan estúpida, donde aparece Pirry. Se nota que la tienen pactada para mil años, pues uno ve una serie de propagandas donde lo único que dicen es: "use su inteligencia vial, eso es inteligencia vial" y jamás pasan sugerencias para educar a la horda desenfrenada que se moviliza por las calles de Colombia. ¡Que no se roben más nuestro dinero! Francisco Díaz Perdomo, Cali.
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