Monday, July 7, 2014

[RED DEMOCRATICA] 334 - La Montaña de los Muertos

 


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DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIALFabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Maldoror, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

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con el asunto "Retiro"

 

 

La montaña de los muertos

de Stalin Gamarra

 

 

Por Armando Rojas Guardia*

 

El gran poeta venezolano escribe aquí sobre el libro del ex guerrillero Stalin Gamarra, quien acaba de publicar su primera novela, donde la fracasada lucha revolucionaria es investida de buena literatura.

 

Una mañana de septiembre de 1990 Stalin Gamarra y yo nos dirigíamos desde Mérida hacia Bobures, en el viejo automóvil de Stalin. Él iba al volante y yo a su lado, de copiloto. Durante todas las tres horas que demoró el trayecto, Stalin me fue relatando, uno tras otro, los episodios que jalonaron los dos años en que fue guerrillero, hasta convertirse en uno de los comandantes más importantes y enconadamente buscados y perseguidos de aquella insurgencia armada que hizo irrupción en Venezuela durante buena parte de la década de los años sesenta del siglo pasado. Todo ese material autobiográfico, que conozco muy bien por habérselo oído narrar a Stalin, no sólo en aquella ocasión del viaje a Bobures, sino en muchas otras acaecidas a lo largo de los veintiséis años que ha durado nuestra amistad, lo encuentro ahora –exactamente el mismo y, a la vez, radicalmente otro–, transmutado en ficción literaria, en trama novelesca, dentro de las páginas de La montaña de los muertos, su primera novela.

Los griegos postulaban que Mnemosine, la deidad que para ellos encarnaba la memoria, era la madre de todas las musas. Y eso es lo que se puede detectar en La montaña de los muertos: la suprema presencia y el trabajo de filigrana de la memoria, convirtiendo el acontecimiento vivido en alta literatura. Todo lo que sé de la vieja peripecia vital de Stalin –su estancia en Bogotá a finales de la adolescencia, su regreso al país para participar en algunas incursiones de la guerrilla urbana, su traslado luego a las montañas de Trujillo y los pormenores cotidianos de su vida de guerrillero, "sus conchas" sucesivas cuando por decisión personal se atreve a retirarse de la lucha armada, su asilo en la embajada del Ecuador en Caracas y su posterior viaje, como exilado político, a Inglaterra–, está aquí transformado en ficción imaginaria autónoma, en estructura narrativa autosubsistente, en desarrollo argumental dotado de intrínseco valor estético, en personajes que ostentan vida propia, con diversidad y complejidad existenciales y psicológicas, y que no son meros reflejos autobiográficos del autor sino genuinas entidades literarias que nos atraen o repelen por sí mismas, en virtud del trabajo que las dibuja y organiza para nosotros en el texto. Habría que remontarse hasta Proust, hasta el paradigma insuperable que significa En busca del tiempo perdido, para explicarnos este prodigio, que logra sólo la buena literatura, de metamorfosear vida concreta, episódicamente real y circunscrita, en materia ficcional de alto vuelo.

Porque La montaña de los muertos no es literatura testimonial. Es una novela. Aunque la memoria desempeñe en ella un papel crucial, quien plantea, organiza y desenvuelve sus particularidades específicamente narrativas es la imaginación. Y, sin embargo, así como no existe mejor visión panorámica de la vida francesa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, ni mejor retrato de la "belle epoque" que esa ficción novelesca, En busca del tiempo perdido, la cual, aunque enraizada totalmente en la autobiografía de Marcel Proust, quiso trascender el mero testimonio para configurar una narración de poderosa factura literaria (ella puede ser leída y disfrutada con independencia de las vicisitudes personales de quien la escribió), de la misma manera, cuando en el futuro se desee conocer más y mejor la trama interna de la lucha armada que se desarrolló en nuestro país en los años sesenta del siglo XX, las gentes acudirán a La montaña de los muertos para enterarse de los intríngulis secretos de esa historia. Porque, desprendida de toda infatuación épica, poniendo de relieve, junto al innegable heroísmo y pureza moral de algunos, la omnipresencia de la infamia, el chantaje, la instrumentalización del otro, la crueldad, fundamentalismos anacrónicos como la homofobia, la delación y la traición, esta novela sobre la guerrilla venezolana nos transmite el regusto de dos convicciones que palpitan como llagas en el fondo de la conciencia de su principal protagonista: la primera, el desatino político y militar que implicaba plantearse una insurgencia de tipo rural en un país que ya era neta y mayoritariamente urbano, donde el grueso de la masa poblacional no adhirió nunca el proyecto guerrillero; y la segunda, la comprobación existencial y fáctica de que en aquellos contingentes armados, en sus dirigentes y en sus bases, no existía ni por asomo el "hombre nuevo" guevarista; y de que, dentro de los errores estratégicos y tácticos de aquella política, tal como se implementaba en la cotidianidad de la lucha, podía ya vislumbrarse, no sólo la derrota, sino el fracaso mismo del "socialismo real" y la desmitificación radical de la revolución cubana como horizonte político deseable.

Sí, el proyecto revolucionario encarnado en la guerrilla murió al nacer. Mejor dicho, estaba ya muerto cuando brotó del vientre de la historia. Por eso mismo, el título de la novela no puede ser más significativo: La montaña de los muertos. Y también por eso el texto finaliza con el entierro improvisado, allí mismo, en plena montaña, de un cadáver. Ese sepelio ejecutado a toda prisa, y el llanto contenido que provoca en el guerrillero amigo del combatiente difunto, constituyen una poderosa imagen simbólica del impulso tanático que alimentaba secretamente aquel proyecto y del drama personal del protagonista al comprobarlo y hacerlo consciente, en sucesivas ráfagas de clarividencia.

Podría seguirles hablando de este libro singular. Pero juzgo innecesario prolongar más estas palabras. Sólo me resta invitarlos a leer esta primera novela de un excelente narrador. Por favor, léanla.

 

*Poeta y ensayista venezolano

 

Bautizo de Mapa del desalojo

 

 

Librería El Buscón, Caracas

17 de julio de 2014. Hora: 6,30 pm

 

Recital de Armando Rojas Guardia y el Bautizo del libro Mapa del Desalojo, selección y prólogo de Adalber Salas, Común Presencia Editores.

Presentación: Rafael Cadenas

Lugar: Librería El Buscón, Trasnocho Cultural, Paseo Las Mercedes, Caracas, Venezuela

 

 

 

Para no ver más heridas

 

El poeta y catedrático Enrique Rodríguez Pérez, quien adelanta un doctorado en Francia, envía a Con-Fabulación uno de sus últimos poemas, con la esperanza de que las heridas de la guerra puedan restañarse pronto.

 

 

Por Enrique Rodríguez Pérez

 

Para no ver más heridas

en el empeine

ni rasgaduras en las vértebras.

Para fundir los rifles en la nada,

a revocar el guiño del avión,

el sospechoso.

Para investir las manos de puentes

a lo húmedo sin sangre.

Para saciar la selva de semillas

y lavar el asfalto de las ciudades

sin más pies sin zapatos,

sin más grafos de los acusados.

En desfogue de lo imaginario

para la bondad y la transparencia.

Lo primordial está en la tierra

que hierve por el sacrilegio

de los caídos de todos los vértices

y se frunce de contaminaciones

y arañazos.

Para que no cruja de nuevo el incendio.

 

 

 

Piedra solar - Cuento

 

 

Por Javier Morales C.

 

Aquí no pasa nada, no más que la vida

pasando de la noche a los espejos

Eliseo Diego



Las piedras no saltan por el calor. Es algo que aprendí bien de mi abuelo quien nació en El Carmen de Bolívar y cada tarde veía correr a las gallinas sobre las piedras de la estrecha carretera que atravesaba el pueblo. Me lo dijo una tarde cuando, aquí, en Bogotá, hace unos diez años, observábamos un atardecer muy parecido a este, que incendiaba la ciudad y su mar de cielo, émulo de algún círculo del infierno, tal vez el último, sereno en el minucioso cambio de su agónica hora. Lo dijo porque me vio tomar una de las piedras que teníamos cerca y le pregunté qué podrían sentir o hacer las piedras ante el brillo del sol. «Las piedras nada sienten y nada hacen frente a lo que sucede en el mundo, allí están siempre pasivas, todas iguales y distintas, nada las altera. Las piedras no saltan por el calor». Se llevó la piedra a la boca, la tragó sin masticar y permaneció en silencio.

 

Realmente se parece este atardecer a aquel que vi junto a mi abuelo sentado en un parque a orillas de la montaña. Creo que desde entonces vivo en él, en ese atardecer con el que ahora me reencuentro y que me refleja el rostro del padre de mi padre, una imposible premonición de mi rostro. Antes de aquella tarde jamás había pensado en lo que son o pueden llegar a ser las piedras. Desde entonces temo que los colores del cielo cambien en cada atardecer. Por eso, esta tarde, tomo una piedra para llevármela a la boca. Mientras veo que las nubes aún se mueven, la trago. Espero. Ahora noto que llevo varias horas frente al mismo atardecer y que la noche no llega.

 

***

Javier Morales C. nació en Bogotá en 1986. Residió 10 años en Maracaibo, Venezuela, en donde se graduó como licenciado en Letras. Actualmente reside en Bogotá y trabaja en BibloRed como promotor de lectura y escritura en la Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Ha colaborado con publicaciones en diversos medios electrónicos.

 

 

 

CARTAS DE LOS LECTORES

 

SOBRE UNA CON-FABULACIÓN PERSEGUIDA. Estamos los intelectuales colombianos ante la enorme y difícil tarea de hacer un país, la verdadera patria con equidad, con la presencia viva de todos los sectores sociales hasta ahora marginados. Recuerda a la llamada Generación del 98 cuando entendieron que debían bajar de la España falsa creada por el patrioterismo y la intolerancia y hacer a pié la verdadera España, reconocerla en su diversidad, en el vigor de sus tradiciones populares, única manera de devolver significado a la palabra, de adentrarse en la exigencia de la libertad. Esta es la tarea nuestra y es la tarea que contra viento y marea ha llevado Con-Fabulación adelante con amor y el rigor necesario. Darío Ruiz Gómez, poeta colombiano

 

* * *

LOS HÉROES EN COLOMBIA. Los héroes en Colombia no son los futbolistas como dicen los monopolios de la información, mucho menos cuando ni siquiera quedaron entre los cuatro mejores equipos. Los héroes en Colombia son: Antonio Nariño, Simón Bolívar… y unos cuantos defensores de los derechos humanos, y algunos escritores y artistas que mueren de hambre realizando sus obras que testimonian nuestro trágico acontecer. Lo de la selección es el más vulgar patriotismo. Mario Colmenares.

 

* * *

EL FANATISMO COLOMBIANO. Con asombro hemos visto por televisión imágenes de las 100 mil personas que acudieron al homenaje rendido a la selección de fútbol que sólo comprueba una vez más la pobreza deportiva de nuestro país, pues como dicen: "jugaron como nunca y perdieron como siempre". Me impresiona el poder de los medios que llevaban a la gente a pensar que Colombia merecía ganar el partido contra Brasil cuando el arquero del pentacampeón del mundo jamás tocó el balón en todo el partido. Eso somos, un pueblo fanático, cuyo patriotismo sólo alcanza para el fútbol, pero nunca para hacer más pacífico y vivible nuestro país. ¡Viva Costa Rica! Juan Carlos Sepúlveda.

 

* * *

¿Y NEYMAR? Vergonzosa la actitud del jugador Zúñiga, quien después de arrasar a Neymar ni siquiera pidió ayuda médica. Aunque es verdad que la jugada no fue malintencionada es obvio que fue el producto de una gran imprudencia, pues no tenía por qué cometer una falta tan agresiva en la mitad del campo. Como estamos en un país donde los medios de comunicación han exacerbado el fundamentalismo se leen por Internet mensajes de hinchas colombianos elogiando a Zúñiga por la lesión del astro, en vez de preocuparse por la salud del brasilero, ante todo, pues lo que se disputa en Brasil es apenas un juego, como cualquier otro, sin importancia trascendente. Alba Lucía Ramírez, filósofa.

 

* * *

 

 

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